No se preocupen con el clima: tenemos plantas que piensan

Artículo publicado en elsalmoncontracorriente.es

¿Está la COP21 de París a la altura de las circunstancias?

Según el último informe del IPCC, la agricultura es responsable del 24% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Si integramos todas las emisiones indirectas que podemos asociar a la producción agrícola, el porcentaje es aún mayor. Algunas organizaciones como VSF Justicia Alimentaria Global las cifran en un 40%, y otras como GRAIN incluso atribuyen a este sector una responsabilidad mayoritaria en el total de las emisiones, cifrando la contribución entre un 44% y un 57%, una vez integramos adecuadamente las emisiones derivadas de la deforestación, los procesos agrícolas (insumos químicos, irrigación, etc), el transporte de productos agrícolas, procesamiento y empacado, refrigeración y venta al menudeo, y finalmente los residuos del proceso -la comida que se tira -responsable de un nada desdeñable 3-4% de emisiones de las emisiones globales, algo que por cierto abre una oportunidad a la acción ciudadana sin esperar a que los gobiernos acuerden nada [1]-.

La Via campesina siempre se ha quejado con razón de que cuando se habla de emisiones de la agricultura, no se diferencia entre la agricultura como problema -la agricultura industrial, responsable como hemos visto en gran medida del problema climático-, y la agricultura como solución -la agricultura campesina, de pequeña escala, agroecológica, que da aun de comer a la mayor parte de personas del planeta (70%) y sirve para ’enfriar’ el planeta al basarse en prácticas que reducirían enormemente la contribución de la agricultura al monto total de emisiones. La agricultura ecológica ofrece un modelo centrado en la regeneración y conservación de los recursos; en la diversidad biológica; en la reutilización de nutrientes; y en una relación sinérgica entre los cultivos, el ganado, los suelos y otros componentes biológicos. Constituye además la única forma de restaurar los terrenos agrícolas degradados por las prácticas agronómicas expoliadoras de la agricultura industrial, y de reducir las emisiones de GEI de este sector.

La relación del cambio climático, las sequías y hambrunas que provoca por pérdidas agrícolas, con la guerra y las consecuentes migraciones masivas son algo cada vez más evidente. Se trata de un elemento que ya nadie ignora por ejemplo en el análisis del devenir de los acontecimientos en Siria, y que ha hecho que el propio presidente de la Comisión europea, Jean Claude Juncker hable de ’refugiados climáticos’. En los años previos al conflicto sirio, la mayor sequía conocida en el país azotó duramente a casi dos terceras partes del territorio; un dato que permite hacer esta relación sin excesivas justificaciones adicionales.


La apuesta por un modelo agrícola campesino, que cuestionaría el núcleo del sistema, ni siquiera sobrevuela la mente de los negociadores

Con este panorama cabría esperar que el inminente acuerdo de París, que verá la luz el sábado 12 de diciembre, otorgara un importante peso al sector agrícola. En realidad no. La palabra ’agricultura’ no aparece en la última versión del texto. No obstante cien de los 180 países que han presentado antes la cumbre planes de mitigación de emisiones incluyen medidas relacionadas con los suelos, bosques y agricultura.

Sin embargo, por un lado, como todo apunta ya de forma clara en esta fase final de la negociación, estos compromisos de los países (las llamadas INDCs) no serán vinculantes, gracias a la presión de EEUU, que se justifica en un anunciado encallamiento en el Congreso de aquel país si el acuerdo resultara de obligado cumplimiento. Por otro, no hay ninguna evaluación sobre si esas medidas serían las más efectivas y necesarias. Por ejemplo, aunque Brasil ha elevado a la COP importantes compromisos de reforestación y se compromete a restaurar 15 millones de hectáreas de pastizales degradados por las actividades agrícolas, `gran parte de sus políticas de mitigación se basan sin embargo en abundar en su política de biocombustibles, que acarreará más degradación de suelo, más pérdida de biodiversidad, y más violaciones de los derechos humanos.

La agricultura que nos espera

Evidentemente la agricultura campesina no estará en el núcleo de las soluciones del acuerdo de París que se presentará mañana. No interesa. Del mismo modo que cualquier referencia a dejar los combustibles en el subsuelo -siguiendo simplemente lo que indica la ciencia-, ha sido vetado en el texto, las apuestas por un modelo agrícola campesino que igualmente cuestionaría el núcleo del sistema, ni siquiera sobrevuela la mente de los negociadores. Estamos hablando de dos lobbies industriales muy poderosos, por un lado el energético, por otro el agroindustrial. Y en el centro de estos dos ejes está el comercio, algo protegido por el propio convenio de Cambio climático [2]. Mover, gracias a los combustibles fósiles, mercancías agrícolas por todo el mundo es incompatible con dejar dichos combustibles en el subsuelo y producir los alimentos de forma local y a pequeña escala.

En cambio los problemas relativos a la agricultura y la alimentación que alientan migraciones climáticas son abordados desde la óptica de las soluciones tecnológicas de adaptación, a través de nuevos conceptos como el de la agricultura ’climáticamente inteligente’. Hay que reconocer que los vendedores de falsas soluciones son buenos poniendo nombres. ¿Quien en su sano juicio estaría a priori en contra de una ’economía verde’, de los ’bio’-combustibles, o en este caso, de la agricultura ’climáticamente inteligente’? La propia FAO hace una lectura ’buenista’ de esta nueva apuesta [3] aunque advierte de que la materialización de las opciones dependerá del contexto y la capacidad de cada país, y de que no existe un planteamiento único que pueda utilizarse.


No se trata de alimentar al mundo, sino de que los que se forran con esa idea sigan haciéndolo a costa del clima y del hambre de la población

La excusa de cara a la galería para continuar con un modelo agroindustrial es que es necesario para asegurar la alimentación de toda la población. Sin embargo la propia Naciones Unidas sabe que la producción agroecológica dobla o triplica el rendimiento de las técnicas industriales. No se trata por tanto de alimentar al mundo, sino de que los que se forran con esta idea sigan haciéndolo. A costa del clima. Y a costa de que el hambre, en realidad, aumente. Con un modelo agrícola como el actual, el cambio climático y el aumento demográfico conducirán a una pérdida del 16% de producción las cosechas en 2080.

En el acuerdo de París no se menciona la agricultura, pero se marca de forma velada el camino a seguir. Seguiremos quemando combustibles y tendremos por tanto que apostar por tecnologías de captura de CO2 y por más mercados de carbono, entre otras cosas.

Las grandes empresas de semillas y de fitosanitarios, en alianza con instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial, integrados a través de sus lobbies en la Alianza Internacional por la Agricultura Climáticamente Inteligente (GACSA, por sus siglas en inglés) se frotan las manos con la crisis climática para desembarcar con su nueva Revolución Verde que dará de comer a las personas y salvará al clima a un tiempo. Sin embargo la sustitución de variedades locales por otras supuestamente mejor adaptadas y más resilientes ante los vaivenes climáticos, crearán un nuevo lazo de dependencia de los agricultores del Sur Global con los productos fitosanitarios de las empresas que controlan dichos cultivo supuestamente ’inteligentes’.

Además se crea un nuevo nicho para especulación en los mercados de carbono, ya que los cultivos certificados como ’climáticamente inteligentes’, podrán generar créditos en estos mercados. Es decir, más de la misma ingeniería contable que se ha demostrado sobradamente fallida durante años. Nos seguiremos por tanto haciendo trampas a nosotros mismos.


La agricultura climáticamente inteligente traerá organismos modificados, dependencia de los insumos agrícolas asociados, y más mercados de carbono

La agricultura climáticamente inteligente esconde amenazas cuyos efectos no somos aún capaces de valorar. Hablamos desde variedades de plantas cuya actividad fotosintética esté alterada para aumentar su capacidad de captación de CO2, alteración asimismo de su capacidad de fijación del nitrógeno para que convertirlas en plantas ’autofertilizantes’, hasta liberación de ’herramientas de edición genética “conductores genéticos” para modificar poblaciones enteras de hierbas’, de forma que se vuelvan susceptibles a herbicidas como el Round Up Ready de Monsanto, según recoge un reciente estudio de la organización ETC.

Como denuncia la Via Campesina, que estos días en París pintaba una mano ensangrentada en el logotipo de la puerta de la sede Danone (miembro de las GACSA) esta agricultura es una vuelta de tuerca más de las grandes corporaciones en su avance hacia la industrialización y financiarización de la agricultura, que traerá más expulsión y destrucción del campesinado y su legado de conocimiento, más hambre, y más cambio climático.

 

Samuel Martín-Sosa Rodriguez.
Ecologistas en Acción

Notas

[1] Cada día se tiran 1.300 millones de toneladas de comida a escala mundial, un tercio del total que se produce, conforme un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

[2] El artículo 3 de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático dice: ’Las medidas adoptadas para combatir el cambio climático, incluidas las unilaterales, no deberían constituir un medio de discriminación arbitraria o injustificable ni una restricción encubierta al comercio internacional.’

[3] Según la FAO, ’La CSA (siglas en ingles) propone enfoques más integrados en relación con los desafíos fuertemente interrelacionados de la seguridad alimentaria, el desarrollo y el cambio climático, con el fin de ayudar a los países a determinar las opciones que les suponga un beneficio máximo y cuyas ventajas comparativas deban ponderarse.’

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