La Industria exagera los costes económicos de las normativas ambientales

Artículo publicado en elsalmoncontracorriente.es

Informe “Falsa alarma” de ChemSec

La industria automovilística dijo en su momento que introducir convertidores catalíticos para reducir la contaminación de los coches costaría entre 400-600 libras esterlinas por vehículo. Luego en realidad resultó un sobrecoste de 30-50 libras. Cada vez que se propone una nueva normativa ambiental o de protección de la salud, la industria pone, sistemáticamente, el grito en el cielo. Que si los costes de competitividad, que si las empresas se irán fuera, que si se van a destruir tropecientos mil puestos de trabajo… Y lo malo es que son argumentos que la clase política, la opinión pública y los medios de comunicación consideran válidos: ¿Y si los comprobamos una vez ha pasado suficiente tiempo?

La Comisión Europea en 2007 hizo un estudio sobre los costes de aplicar políticas ambientales en una serie de sectores. Dicho estudio sacaba a la luz resultados tan interesantes como que el coste de imponer la norma ambiental de turno suponía de media apenas en torno al 2% del valor de producción. O que los costes de aplicar estas políticas en la Unión europea son similares a los de otras regiones como Estados Unidos o Australia, lo que anula el argumento de la competitividad. De hecho el informe concluía que no hay ninguna prueba de que las políticas ambientales tengan un efecto material sobre la competitividad o que conduzca a deslocalizaciones. Otra constatación importante del estudio es la ceguera intencionada de la industria a la hora de obviar las sinergias entre diferentes políticas, lo que reduce los costes individuales y produce unos costes acumulados sensiblemente menores.

En la misma línea, la ONG ChemSec acaba de publicar un informe llamado Cry Wolf (Falsa Alarma) analizando casos emblemáticos donde la industria exageró unos costes económicos derivados de imponer normativas encaminadas a proteger el medio ambiente o la salud, que después no se cumplieron.

Algunos datos extraídos de este informe

  • La industria europea decía que las restricciones a la presencia de sustancias peligrosas en los aparatos electrónicos comportaría unos daños económicos irreparables a los mercados industriales de la UE. La realidad es que los costes iniciales de esta normativa ascendieron a 1,9% del valor de producción anual de este sector, reduciéndose a un 0,4% en años subsiguientes.
  • La industria sostenía que el coste de los vehículos nuevos aumentaría en 650-1200 dólares debido a la nueva normativa de CFCs [1]. El coste real aumentó entre 40 y 400 dólares.
  • En 1989 la industria negaba que pudieran encontrase sustitutos para los halones (gases que dañan la capa de ozono, lo que impedía eliminarlos de los extintores de incendios. Cuatro años más tarde quedaba demostrado que esta eliminación era tecnológica y económicamente factible.
  • La industria automovilística aseguraba que los convertidores catalíticos para reducir la contaminación de los coches costarían entre 400-600 libras esterlinas por vehículo. Una vez impuesta la normativa se comprobó que este coste apenas ascendía a 30-50 libras.
  • Los costes estimados por la industria, de la reducción gradual de en el contenido de azufre de los combustibles, ascendían a 75.000-80.000 millones de Euros. Las cifras reales se situaron un 55% más bajo, una vez se puso en marcha la normativa.

Que viene el lobo…

A la inversa, cada vez que una industria o un grupo de interés quiere promover un proyecto, como por ejemplo la construcción de un complejo turístico o un casino, de repente las cifras se tornan mágicas y obrando el milagro de los panes y los peces, se multiplican las promesas de puestos de trabajo directos e indirectos, beneficios económicos para la comunidad, etc. Y nuevamente estos argumentos son comprados sin mayor análisis. Y vuelta la sociedad civil a hacer trabajo voluntario y de hormiguita para demostrar con números que esas cifras son mentira. Algo que los políticos deberían comprobar sistemáticamente por si mismos.


Cada vez que una industria quiere promover un proyecto las cifras se tornan mágicas

Informes como ’Cry Wolf’ deberían ser difundidos por los medios de comunicación y recordados a nuestros dirigentes cada vez que la industria agite el fantasma del miedo ante cualquier propuesta de normativa pensada para proteger a la sociedad.

Así tal vez, la próxima vez que un señor de traje nos diga con pose flemática y tono grave que sus cifras desaconsejan imponer una norma porque arruinará la economía, tengamos todos claro que probablemente se llame Pedro y ’solo’ nos intenta asustar con que viene el lobo. Y todos sabremos que miente.

 

Samuel Martín-Sosa Rodriguez.
Ecologistas en Acción

Notas

[1] Los CFCs o clorofluorocarbonados son unos gases usados en la industria como refirgerantes que dañan la capa de ozono. Son además gases con un importante efecto invernadero

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