Una puñalada en el corazón de la bestia

Artículo publicado en eldiario.es

No son los gobiernos ni mucho menos la industria quien va a forzar la salida de la senda fósil. Va a ser nuevamente la ciudadanía quien probablemente pilote ese cambio.

La lucha contra el fracking está vehiculando el descontento ante una doble crisis climática y democrática, y puede servir para profundizar en un debate serio sobre el tipo de sociedad que queremos, contribuyendo a recuperar esa consciencia de ecodependencia que nunca debimos perder.

En una suerte de empatía litúrgica, la llegada del final de 2014 trajo buenas nuevas, está vez en relación con la lucha contra el fracking. En noviembre, los habitantes de Denton, un municipio tejano de más de 100.000 habitantes, que bien podría reclamar el título de capital mundial de la fractura hidraúlica con sus más de 250 pozos fracturados hasta la fecha, resolvieron prohibir la técnica en las urnas, con un 59% de votos a favor. Hablamos de Texas, uno de los estados con mayor tradición petrolera donde durante décadas la convivencia con los pozos de extracción ha sido relativamente normal. Toda una puñalada en pleno corazón de la bestia. Texas ya había alumbrado meses atrás la primera sentencia judicial que obligaba a una empresa energética a indemnizar cuantiosamente a una familia, la de una valiente mujer, Lisa Parr, cuya salud se vió seriamente perjudicada por las actividades de fractura hidráulica.

Parece que algo se mueve en las entrañas del monstruo. Un elemento que está motivando estos cambios es que, a medida que los combustibles fósiles se agotan y hay que ir a buscar las gotas más sucias a capas más profundas y lugares más inaccesibles, la frontera extractiva se está mudando a la puerta de nuestras casas. Cerca de 15 millones de estadounidenses viven ahora a menos de dos kilómetros de distancia de un pozo de petróleo o gas. La ciudadanía está reaccionando. En primera instancia porque se pone en riesgo su entorno más inmediato. Pero también porque está adquiriendo progresivamente consciencia de que algo va mal en lo global, de que no tiene sentido este camino febril que al grito de “Perfora, chico, perfora”, agrieta el subsuelo de todo el planeta. Los combustibles fósiles no convencionales, extraídos mediante la técnica de fractura hidráulica, tienen una bajísima rentabilidad energética. Esto quiere decir que la cantidad de energía que se obtiene “en neto”, despues de todo el proceso, es el chocolate del loro. La productividad de los pozos declina abruptamente y a partir del tercer año prácticamente no se saca nada, lo que obliga a abrir pozos y más pozos, cientos cada mes, para mantener la producción. Cuando desde la Agencia Internacional de la Energía (AIE) o desde el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se nos dice que debemos dejar la mayor parte de las reservas conocidas y probadas de combustibles fósiles en el subsuelo, uno se pregunta qué demonios hacemos buscando nuevas reservas, las más inaccesibles, las más caras y de peor comportamiento climático. Y encima con una hipoteca ambiental tan cara.

No son los gobiernos ni mucho menos la industria quien va a forzar la salida de la senda fósil. Va a ser nuevamente la ciudadanía quien probablemente pilote ese cambio. A la decisión de Denton le han venido sucediendo otras en las semanas subsiguientes. También en noviembre, en sendos condados de California, San Benito y Mendocino, los ciudadanos en votación aprobaron la prohibición de la técnica de la fractura hidráulica, con el 57% y el 67% de los votos respectivamente. Y la misma semana que Denton votaba contra el fracking, la ciudad de Athens en Ohio se convirtió en la quinta de ese estado en prohibir la técnica.

Por su parte el parlamento holandés votó en diciembre a favor de prolongar dos años más, hasta 2017, la actual moratoria al fracking, establecida hasta que se clarifiquen los efectos de la técnica. Por su parte, el estado de Nueva York ha mantenido una moratoria los últimos años mientras debatía la conveniencia o no de levantarla. El gobernador Andrew Cuomo decidía, pocos dias antes de acabar 2014, que no levantará la moratoria y que aprobará una ley para prohibir la técnica, como ya hizo en su dia el estado de Vermont. Las razones del informe oficial sobre el que se sustenta la decisión hablan de la evidencia de impactos sobre la salud y las incertidumbres y falta de conocimiento que aún rodean a esta técnica. Un enfoque claramente precautorio. Por su parte el gobierno de Quebec, en Canadá, le hacía los coros a Nueva York esa misma semana, convirtiendo en indefinida la moratoria de cinco años que ya tenía establecida, aduciendo que los riesgos ambientales superan largamente los beneficios económicos de la actividad. Y los mismos pasos siguió pocos días después la también provincia canadiense de New Brunswick.

Las décadas pasadas hemos asistido a un vaciamiento sistemático en el debate político y social de elementos referentes al bien común, a la igualdad distributiva, etc. en aras de un fundamentalismo de mercado que se ha convertido en el pilar que organiza toda la sociedad. La narrativa cultural que ha dado legitimidad social a ese funcionamiento conecta con valores como el individualismo, el ensalzamiento del beneficio económico y un fuerte antropocentrismo que remite a una perspectiva utilitarista y de dominación de la naturaleza, responsable de una falsa sensación de capacidad de aislamiento e independencia respecto al medio natural en el que vivimos. Este ideario ha ido drenando durante años hasta calar en diferentes grados en cada uno de nosotros, convirtiéndonos en escépticos cuando no en refractarios a pensar y creer en lo colectivo. Como afirma N. Klein, quizás este sea el legado más dañino del neoliberalismo: “la desoladora conciencia de habernos individualizado tanto unos de otros que nos lleva a la conclusión de que no solo somos incapaces de auto-preservarnos sino que además no merece la pena intentarlo”.

Sin embargo, las múltiples crisis, entre ellas la energética y climática, están haciendo emerger nuevamente esos otros valores colectivos al debate social, y ello permite diferenciar mejor entre lo que le interesa a la industria del gas y el petróleo y lo que nos interesa a todos como sociedad. Y son cosas claramente distintas.

La lucha contra el fracking está vehiculando el descontento ante una doble crisis climática y democrática: puede por tanto servir para profundizar en un debate serio sobre el tipo de sociedad que queremos, con la participación de las personas, sin las hipotecas que imponen el corsé del mercado y los intereses económicos, poniendo la defensa de la vida en el centro, y reconstruyendo los puentes rotos con la naturaleza a la que pertenecemos. La lucha contra el fracking contribuirá a recuperar esa consciencia de ecodependencia que nunca debimos perder.


Samuel Martin-Sosa Rodríguez
Ecologistas en Acción
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